El deseo de la madre

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En la particularidad de la división entre la mujer y la madre se dan una serie de vicisitudes que es necesario ubicar en relación al deseo de la madre, al goce de la madre y al goce femenino.

La madre es el primer objeto simbolizado, y su ausencia o presencia se convertirá para el Sujeto en el signo del deseo al que se aferrará su propio deseo y que hará de él un niño deseado o no deseado.

El término niño deseado corresponde a la constitución de la madre en cuanto sede del deseo, símbolo del niño deseado.

Todos los accidentes, los tropiezos, que vamos a encontrar en la evolución del niño están relacionados con que el niño no se encuentra solo delante de la madre, sino que delante de la madre está el significante de su deseo: el falo.

Alrededor de la sexualidad femenina podemos ubicar que la cuestión de la satisfacción se presenta compleja. La mujer puede obtener satisfacción completa sin que intervenga la satisfacción genital.

La satisfacción femenina puede realizarse por completo en la relación maternal: en todas las etapas de la función de la reproducción, en la gestación, en el amamantamiento y en el mantenimiento de la posición materna.

Entre la madre y la mujer hay una separación. El hijo fálico, o sea aquel niño que es todo para la madre, puede a veces taponar, hacer callar la exigencia femenina, en relación al hombre. Así se ve en los casos en que la maternidad modifica la posición erótica de la madre.

Por lo tanto, la satisfacción vinculada al acto genital, el orgasmo, es algo totalmente distinto, y está vinculado con la dialéctica de la privación fálica.

La satisfacción que se encuentra más allá de la relación genital es de otro orden.

Hay siempre en esta relación madre-hijo algo que está más acá y más allá de la equivalencia fálica (algo no tomado por lo simbólico, el goce).

Lo que está más acá, es decir, del lado de la perversión, en la relación madre-hijo, es la posición de resto que el niño tiene más acá de su equivalencia fálica.

En el discurso analítico se trata de ubicar en la relación hijo-madre la enorme dificultad que es para una mujer un niño. También lo que hay en esto de rasgo de locura.

Lo que anuda a la madre con el hijo no está solamente del lado del bien. Esto nos da una pista sobre el deseo criminal, el deseo de muerte de un hijo. Que toda madre quiera a su hijo es un ideal del amor materno.

¿Cuál es el valor del amor de una madre para la humanización de su hijo? La humanización del pequeño hombre pasará por un deseo que no sea anónimo.

¿Qué quiere decir esto?

Para el niño, la dedicación materna vale más cuando la madre no es toda de él y es necesario que su amor de mujer sea referible a un nombre.

Solamente bajo esta condición el niño podrá ser inscripto en un deseo particularizado, un deseo anudado al deseo entre ellos.

El deseo de la madre como función realiza anticipadamente el sostén narcisístico.

El deseo del padre será promotor de una operación nominante que hace efectivo el enlace con lo real. Nominando enlaza ese real que un hijo representa.

“Deseo de los padres” es una operación que tendrá por condición que los padres, transmisores como tales de la ley del deseo entre ellos y por el hijo, al mismo tiempo pongan a resguardo sus goces.

Deseo de los padres entre ellos y deseo de los padres por un hijo guardan entre sí una lógica balanceada entre el deseo, el amor y el goce.

Es frecuente que después del nacimiento de un hijo los padres digan que ha disminuido el deseo entre ellos. ¿Qué consecuencias trae esto para el niño?

Si consideramos la sexualidad femenina, vemos que hay un desplazamiento de la mujer a la madre y lo vemos en la clínica, en la que escuchamos un discurso que va de la sexualidad a hablar del niño, a quejarse del trabajo que da, a quedar solo en ese tema como si no existiera nada más.

Como nos dice Freud, la niña es la que toma al padre como objeto y espera un hijo de él. Ese objeto tiene carácter de imposible por la privación. Sólo es posible por las equivalencias simbólicas.

La equivalencia simbólica se puede lograr, pero lleva una marca para la niña, fue pedida al padre y le fue privada. Hay una dimensión más allá de la equivalencia que se pueda lograr, esto interroga el lugar del hijo para esa mujer. Por eso siempre es una cuestión clínica importante cuál ha sido el lugar de su propio padre.

Un padre merece respeto cuando hace de una mujer objeto a, causa de deseo. Su condición de hacer de una mujer objeto de su deseo lo muestra, en tanto deseante, como trasmisor en acto de un goce que le falta y desea encontrar en el cuerpo de una mujer.

Es esperable que esa mujer causa acepte hacerle hijos y que él, lo quiera o no, asuma el cuidado paterno de ellos.

La clínica muestra que optar por una mujer que lo acepte, en el doble sentido de la palabra, no está al alcance de todo hombre. Un padre no es cualquiera, es un modelo de la función paterna.

Ser padre es asunto de deseo, y hacer de la mujer una madre podría complicar en algunos casos la relación con la mujer; para el hombre está siempre presente la tentación de hacerse hijo de su mujer.

Esta configuración hombre-niño es distinta de la posición paterna, y la obstaculiza, al poner a ese hombre en posición de rivalidad fraterna con sus propios hijos.

Aceptarse como padre implica un efecto de separación que permite a un hombre dejar un poco su mujer a otros, al menos a esos otros que son los hijos.

El cuidado del padre no es redoblar los cuidados maternos, ni compartir los cuidados. Es un cuidado simbólico, función separadora de su presencia afirmada ante la madre.

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