La metamorfosis de la pubertad- La sexualidad infantil en Freud (III)

Un recorrido por la última parte de “Tres ensayos de teoría sexual” nos da elementos teóricos para ubicar distintos síntomas en jóvenes y adultos con relación a dificultades en los pasajes y cambios de la pubertad. Continuar leyendo “La metamorfosis de la pubertad- La sexualidad infantil en Freud (III)”

La escisión del yo en el proceso defensivo

Sigmund Freud, 1937.

Por un momento estoy en la interesante situación de no saber si lo que voy a comunicar ha de apreciarse como algo hace tiempo consabido y evidente, o como nuevo por completo y sorprendente. Me inclino, empero, a creer lo segundo.

En fin, me ha llamado la atención que el yo joven de la persona con quien décadas después uno trabará conocimiento como paciente analítico se comportara en el pasado de una singular manera en determinadas situaciones de aprieto. La condición de ello se puede indicar, en general y con alguna imprecisión, diciendo que acontece bajo la injerencia de un trauma psíquico. Prefiero poner de relieve un caso bien circunscrito, que desde luego no cubre todas las posibilidades de la causación. El yo del niño se encuentra, pues, al servicio de una poderosa exigencia pulsional que está habituado a satisfacer, y es de pronto aterrorizado por una vivencia que le enseña que proseguir con esa satisfacción le traería por resultado un peligro real-objetivo difícil de soportar. Y entonces debe decidirse: reconocer el peligro real, inclinarse ante él y renunciar a la satisfacción pulsional, o desmentir la realidad objetiva, instilarse la creencia de que no hay razón alguna para tener miedo, a fin de perseverar así en la satisfacción. Es, por tanto, un conflicto entre la exigencia de la pulsión y el veto de la realidad objetiva. Ahora bien, el niño no hace ninguna de esas dos cosas, o mejor dicho, las hace a las dos simultáneamente, lo que equivale a lo mismo. Responde al conflicto con dos reacciones contrapuestas, ambas válidas y eficaces. Por un lado, rechaza la realidad objetiva con ayuda de ciertos mecanismos, y no se deja prohibir nada; por el otro, y a renglón seguido, reconoce el peligro de la realidad objetiva, asume la angustia ante él como un síntoma de padecer y luego busca defenderse de él. Es esa una solución muy hábil de la dificultad, hay que confesarlo. Ambas partes en disputa han recibido lo suyo: la pulsíón tiene permitido retener la satisfacción, a la realidad objetiva se le ha tributado el debido respeto. Pero, como se sabe, sólo la muerte es gratis. El resultado se alcanzó a expensas de una desgarradura en el yo que nunca se reparará, sino que se hará más grande con el tiempo. Las dos reacciones contrapuestas frente al conflicto subsistirán como núcleo de una escisión del yo. El proceso entero nos parece tanto más raro cuanto que consideramos obvia la síntesis de los procesos yoicos. Pero es evidente que en esto andamos errados. La función sintética del yo, que posee una importancia tan extraordinaria, tiene sus condiciones particulares y sucumbe a toda una serie de perturbaciones.

No puede redundar sino en ventaja que yo introduzca en esta exposición esquemática los datos de un historial clínico particular. Un varoncito entre los tres y los cuatro años tuvo conocimiento de los genitales femeninos por seducción de una niña mayor que él. Rotas esas relaciones, prolongó la incitación sexual así recibida en un ferviente onanismo manual, pero fue sorprendido pronto por la enérgica niñera y amenazado con la castración, cuyo cumplimiento, como es usual, se atribuyó al padre. En este caso es tán dadas las condiciones para un efecto de terror enorme. No es forzoso que la amenaza de castración por sí sola cause mucha impresión; el niño le rehusa creencia, no le es fácil representarse como posible una separación de esa parte del cuerpo tan apreciada por él. Si ha visto [antes] los genitales femeninos, el niño pudo convencerse de semejante posibilidad, pero en aquel tiempo no extrajo esa conclusión porque la repugnancia a ello era demasiado grande y no existía ningún motivo que se la impusiera. Al contrario, lo que pudo moverlo a desasosiego fue apaciguado con el subterfugio: lo que ahí falta ha de venir luego, eso -el miembro- ya le crecerá más tarde. Quien haya observado suficientes varoncitos puede recordar una exteriorización de esa índole a la vista de los genitales de su hermanita. Pero diversamente ocurre si ambos factores se conjugan. Entonces la amenaza despierta el recuerdo de la percepción que se tuvo por inofensiva y encuentra en ella la temida corroboración. El niño cree comprender ahora por qué los genitales de la niñita no mostraban pene alguno, y ya no se atreve a poner en duda que su propio genital pueda correr la misma suerte. En lo sucesivo no puede menos que creer en la realidad objetiva del peligro de castración.

Pues bien: la consecuencia ordinaria, considerada la normal, del terror de castración es que el muchacho ceda a la amenaza con una obediencia total o al menos parcial -no llevándose más la mano a los genitales-, sea enseguida, sea luego de prolongada lucha; vale decir, que renuncie en todo o en parte a satisfacer la pulsión. Sin embargo, nosotros estamos preparados para entender que nuestro paciente supiera remediarse de otro modo. Se creó un sustituto del pene echado de menos en la mujer, un fetiche. Con ello había desmentido, es cierto, la realidad objetiva, pero había salvado su propio pene. Si no estaba obligado a reconocer que la mujer había perdido su pene, perdía credibilidad la amenaza que le impartieron; ya no necesitaba temer más por su pene y podía continuar, imperturbable, su masturbación. Este acto de nuestro paciente se nos impone como un extrañamiento respecto de la realidad, como un proceso que tenderíamos a dejar reservado para la psicosis. Y de hecho no es muy diverso, no obstante lo cual suspenderemos nuestro juicio, pues, tras un abordaje más ceñido, descubrimos un distingo que no carece de importancia. El varoncito no ha contradicho simplemente su percepción, no ha alucinado un pene allí donde no se veía ninguno, sino que sólo ha emprendido un desplazamiento {descentramiento} de valor, ha trasferido el significado del pene a otra parte del cuerpo, para lo cual vino en su auxilio -de una manera que no hemos de precisar aquí- el mecanismo de la regresión. Por cierto que ese desplazamiento sólo afectó al cuerpo de la mujer; respecto de su pene propio nada se modificó.

Este tratamiento, se diría mañoso, de la realidad objetiva decide sobre el comportamiento práctico del varoncito. Sigue cultivando su masturbación como si ello no pudiera traer ningún peligro a su pene, pero al mismo tiempo desarrolla, en plena contradicción con su aparente valentía o despreocupación, un síntoma que prueba que ha reconocido, sin embargo, aquel peligro. Lo amenazaron con que el padre lo castraría, e inmediatamente después, de manera simultánea a la creación del fetiche, aflora en él una intensa angustia ante el castigo del padre, angustia que lo ocupará largo tiempo y que sólo podrá dominar y sobrecompensar con todo el gasto de su virilidad. También esta angustia ante el padre calla sobre la castración. Con ayuda de la regresión a una fase oral, aparece como angustia de ser devorado por el padre. Es imposible no recordar aquí una pieza de primordial antigüedad de la mitología griega: la que narra cómo el padre de los dioses, Cronos, engullía a sus hijos y quiso también engullirse al menor de sus hijos varones, Zenus, y cómo Zeus, salvado por la astucia de la madre, castra luego a su padre. Pero, para volver a nuestro caso, agreguemos que él produjo todavía otro síntoma, si bien de poca monta, y lo ha conservado hasta el día de hoy: una sensibilidad angustiada de los dos dedos pequeños de los pies frente al contacto, como sí en todo ese pasar de un lado a otro entre desmentida y reconocimiento hubiera tocado en suerte a la castración la expresión más nítida. (…)

Extraído de Sigmund Freud, Obras completas, v. XXIII, Buenos Aires, Amorrortu.

Los que delinquen por conciencia de culpa

Ensayo de Sigmund Freud publicado en la revista Imago junto a “Las excepciones” y “Los que fracasan cuando triunfan”, bajo el título general “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico” (1916).

Con mucha frecuencia, en sus comunicaciones sobre su juventud, en particular los años de la prepubertad, personas después muy decentes me informaron acerca de ciertas acciones prohibidas de que se habían hecho culpables entonces: latrocinios, fraudes y aun incendios deliberados. Yo solía desechar esas indicaciones diciendo que es bien conocida la debilidad de las inhibiciones morales en ese período de la vida, y no procuraba insertarlas dentro de una concatenación más significativa. Pero al cabo, a raíz de casos más claros y accesibles, en que los enfermos cometían tales faltas mientras se hallaban bajo mí tratamiento, o eran personas que hacía tiempo habían pasado su juventud, me vi llevado a estudiar más a fondo esos sucesos. El trabajo analítico trajo entonces un sorprendente resultado: tales fechorías se consumaban sobre todo porque eran prohibidas y porque a su ejecución iba unido cierto alivio anímico para el malhechor. Este sufría de una acuciante conciencia de culpa, de origen desconocido, y después de cometer una falta esa presión se aliviaba. Por lo menos, la conciencia de culpa quedaba ocupada de algún modo.

Por paradójico que pueda sonar, debo sostener que ahí la conciencia de culpa preexistía a la falta, que no procedía de esta, sino que, a la inversa, la falta provenía de la conciencia de culpa. A estas personas es lícito designarlas como «delincuentes por conciencia de culpa». La preexistencia de esta última, desde luego, había podido demostrarse por toda una serie de otras manifestaciones y efectos.

Pero el trabajo científico no se termina al establecer un hecho curioso. Es preciso responder a otras dos preguntas: ¿De dónde proviene ese oscuro sentimiento de culpa anterior a la fechoría? ¿Acaso es probable que una causación de esa índole tenga una participación importante en la comisión de delitos?

El examen de la primera pregunta promete brindarnos información sobre la fuente del sentimiento humano de culpa en general. El resultado regular del trabajo analítico fue que este oscuro sentimiento de culpa brota del complejo de Edipo, es una reacción frente a los dos grandes propósitos delictivos, el de matar al padre y el de tener comercio sexual con la madre. Por comparación a estos dos, en verdad, los delitos cometidos para fijar el sentimiento de culpa eran un alivio para los martirizados. Es preciso recordar aquí que parricidio e incesto con la madre son los dos grandes delitos de los hombres, los únicos que en sociedades primitivas son perseguidos y abominados como tales. Y cumple recordar también el supuesto a que otras indagaciones nos han llevado, a saber, que la humanidad ha adquirido su conciencia moral, que ahora se presenta como un poder anímico heredado, merced al complejo de Edipo.

Responder a la segunda pregunta sobrepasa el trabajo psicoanalítico. En ciertos niños puede observarse, sin más, que se vuelven «díscolos» para provocar un castigo y, cumplido este, quedan calmos y satisfechos. Una ulterior indagación analítica a menudo nos pone en la pista del sentimiento de culpa que les ordena buscar el castigo. En cuanto a los delincuentes adultos, es preciso excluir, sin duda, a todos aquellos que cometen delitos sin sentimiento de culpa, ya sea porque no han desarrollado inhibiciones morales o porque en su lucha contra la sociedad se creen justificados en sus actos. Pero en la mayoría de los otros delincuentes, aquellos para los cuales en verdad se han hecho los códigos punitivos, una motivación así de sus delitos muy bien podría entrar en cuenta, iluminar muchos puntos oscuros de la psicología del delincuente y proporcionar a la punición un nuevo fundamento psicológico.

Un amigo me ha hecho notar después que el «delincuente por conciencia de culpa» era conocido también por Nietzsche. La preexistencia del sentimiento de culpa y el recurso a la falta para su racionalización son patentes en los aforismos de Zaratustra «Sobre el pálido delincuente». Dejemos a la investigación futura el decidir cuántos delincuentes han de contarse entre estos «pálidos».

Extraído de Sigmund Freud, Obras completas, v. XIV, Buenos Aires, Amorrortu.