Cuando no se desea allí donde se ama o no se ama allí donde se desea

Es muy frecuente en la consulta de pacientes neuróticos el planteo de problemas de impotencia o dificultad en el acto sexual. En el marco de nuestra revisión de los ensayos de Freud sobre sexualidad, buscaremos algunas respuestas que nos guíen en la dirección de la cura.

En “La degradación de la vida erótica”, Freud nos plantea ejes que, pese a los cambios culturales y sociales que se han dado desde su publicación en 1912, son fundamentales para interrogar en el hombre la impotencia, la escisión amorosa, la degradación y la barrera del incesto. Lo inconsciente, recordemos, es atemporal.

Ubicamos la impotencia como la imposibilidad de llevar adelante el acto sexual, aunque antes o después los pacientes se muestren capaces de consumarlo. Los pacientes plantean que les pasa con una determinada mujer, no con todas.

Freud plantea en principio un proceso —no consciente— inhibitorio de ciertos complejos psíquicos. Sus razones son:

  • Una fijación incestuosa no superada a la madre o las hermanas.
  • Impresiones penosas accidentales de la actividad infantil.
  • Reducción de la libido dirigida a las mujeres.

Como en toda neurosis, esto produce una inhibición en la historia de la libido: sus dos corrientes —la tierna y la sensual—, cuya reunión asegura una conducta amorosa “plenamente normal”, en este caso no confluyen.

Retrocedamos un poco. La corriente tierna es la más antigua, y proviene de la primera infancia. La ternura de los padres y de personas que se encargan de la crianza del niño no está exenta de erotismo, y a lo largo de la infancia el niño va tomando un erotismo desviado de sus metas sexuales.

En la pubertad se añade la corriente sensual, que nunca deja de transitar el camino de las marcas del erotismo que han dejado la ternura de los padres, y de investir entonces con más intensidad los objetos de la elección infantil primaria.

Como se encuentra con la barrera del incesto, el púber pasa de esos objetos incestuosos a otros objetos ajenos a su familia sin dejar de llevar sus marcas. Así quedarán juntas la ternura y la sensualidad.

Nos dice Freud que este progreso en el desarrollo de la libido fracasa por dos factores: por un lado, la frustración o fracaso que implica la nueva elección; por el otro, la atracción ejercida por los objetos sexuales infantiles que deben abandonarse.

Si estos factores son lo bastante fuertes, se pone en marcha el mecanismo universal de la formación de neurosis.

La libido se pone en juego en las fantasías onanistas reforzadas por la prohibición del incesto: el progreso que fracasó en la realidad se consuma en la fantasía a través del onanismo.

Se tratará de impotencia absoluta si toda la sensualidad del sujeto está fijada en fantasías incestuosas.

En cambio, hablaremos de impotencia psíquica cuando la corriente tierna sea intensa y la sensual no haya desaparecido.

Bajo estas condiciones, hay mucha dificultad en la ejecución del acto (falta de erección, eyaculación precoz o demasiado retrasada) y produce entonces poca satisfacción.

Se trata de la escisión de la vida amorosa: ahí donde los sujetos aman, no desean y ahí donde desean, no aman.

Para protegerse de esta perturbación, el recurso que tiene el neurótico es una degradación psíquica del objeto sexual y la sobrestimación  reservada para el objeto incestuoso y sus sustitutos. Así es posible que la sensualidad pueda llevarse adelante.

Estos conceptos nos dan la pista para operar en la clínica. No se trata de ubicar con el paciente qué le pasa con su pareja o la mujer en la ocasión, ya que de ese modo apuntaríamos a la relación de objeto posfreudiana.

Freud nos ofrece una alternativa: el procesamiento del complejo de Edipo, el camino de la sexualidad infantil en el recorrido de un análisis para ubicar la mayor o menor distancia con los objetos incestuosos.

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