El [lugar del] padre en la clínica psicoanalítica.
José Luis Aguilar Baeza
En un sinuoso recorrido por el seminario de La Transferencia, efecto del trabajo realizado en el espacio de Intervenciones y efectos, nos detendremos en la clase XX, La abyección de Turelure, pues me parece que muestra elementos estructurales importantes para pensar la clínica psicoanalítica en la actualidad.
En esta clase, Lacan trabaja tanto el lugar del padre como las consecuencias e implicaciones para la subjetividad que se manifiestan cuando esta función, esencial para la constitución psíquica, se presenta con una degradación y precariedad simbólicas propias de un padre que no está atravesado por la ley, sino que aparece como siendo la ley, algo que no está muy lejos de la realidad que nos refiere nuestra consulta de cada día.
Lacan retomará la tragedia literaria como estructura edípica a partir de la figura de Toussaint Turelure, quien aparece en la trilogía de Paul Claudel sobre los Coûfontaine como un padre abyecto, degradado y humillado, para ejemplificar entonces las posibles consecuencias y efectos en la subjetividad de haber tenido un padre bajo estas condiciones, así como sus implicaciones en los tres registros: para el simbólico aparecería una marca significante en el linaje, para el imaginario será – siempre – un lugar imposible de ocupar y, respecto a lo real, lo que aparecerá será un goce desregulado.
Para el final de la clase, Lacan hará una vuelta respecto al lugar del padre, llevándolo al terreno del análisis y colocando una pregunta concerniente a la transferencia para recuperar el concepto de castración como una condición sine qua non habría surgimiento del deseo, así como la localización de este último a partir de las coordenadas simbólicas propias de una hiancia que se mostraría a través de tres generaciones, es decir, en las marcas significantes de la prehistoria; todos estos, elementos isomórficos de importancia significativa a tener en cuenta en la lectura de nuestros casos.
Finalmente, ya que en esta clase del seminario VIII Lacan no profundiza acerca de la función del objeto en la transferencia y el lugar del padre, y para matizar un poco más la cuestión del amor como don, trabajaré la clase del 23 de enero de 1957 del seminario IV, donde Lacan aborda dos casos: el de Dora y el de la joven homosexual, que va a retomar para trabajar la relación de objeto en el nivel de la frustración, pero que también le va a servir para hacer la distinción entre la estructura del fantasma perverso en Dora y la perversión de la joven homosexual, (ambas, posiciones ante el deseo) dando cuenta de la fórmula de Freud: la perversión es el negativo de la neurosis, así como una corrección a la lectura freudiana, que era solo a partir del falo, sin poder dar cuenta de una lectura del objeto y, por lo tanto, de posiciones amorosas más allá del falo, lo que derivó en un problema de transferencia que llevó a Freud a fracasar en la lectura e intervención de ambos análisis y que, como esperamos localizar, está relacionado con el lugar del padre.
1. La abyección de Turelure.
1.1 Historia del padre
La clase comienza con una reflexión en torno a la reciente muerte de Maurice Merleau-Ponty y podríamos localizar desde ahí que algo del padre se nos presenta en un primer plano. ¿Qué mejor ejemplo de un padre absoluto que la muerte como lugar de la ley para todo sujeto hablante? Resulta interesante o al menos a mi me lo parece — de ahí parte mi propuesta de lectura — que, ante la muerte de su amigo, ante lo real, Lacan coloque un lazo a manera de recurso simbólico al vínculo con Merleau-Ponty a través de la posición de enseñanza que compartía con el filósofo, pues esta refiere al deseo y a la transmisión de saber, que, para el caso del psicoanálisis, es el saber de lo inconsciente. Es decir, Lacan piensa la enseñanza en términos éticos, en términos de deseo, como una transmisión de ese deseo, por eso la distingue de la infatuación. Podría decirse que el deseo de transmitir el saber, lo equipara con el deseo del analista y con la demanda que a este se le presenta ¿tendrá también esto que ver con el lugar que debe ocupar en la transferencia?
Se anuncia algo del orden de la tragedia de la muerte del padre, de esta tragedia a la manera del mito que Freud creó y luego desarrolló a lo largo de toda su obra y que le sirvió como punto de referencia para pensar los distintos lugares de la novela familiar. Lacan hará una distinción importante en ese punto respecto de Freud, pues irá más lejos al proponer al padre como una función, lo que implicaría una lectura del padre desde lo simbólico, siendo este quien introduce la ley de interdicción del incesto, y con ello, la castración, punto que retomará al cierre de la clase.
Partiendo de estas coordenadas, Toussaint Turelure no es transmisor de la ley porque para poder serlo tendría que acudir a su propia castración, posición que Turelure no ocupa debido a que él mismo se presenta como siendo la ley, a la manera del Urvater de Freud. Esta posición degradada del padre producirá efectos a lo largo de la obra de Claudel, siendo Sygne de Coûfontaine la primera en mostrarlos, pues vive en carne propia las marcas del significante «no» que se le auto imponen en el cuerpo como un síntoma.
Aquí podríamos ir localizando la incidencia de esa precariedad de la función del padre sobre un cuerpo que aparece afectado por un goce desregulado, algo que cada vez se presenta de manera más frecuente en la clínica y que podríamos interrogarnos si es posible ubicarle como una cuestión sintomática de la época, pues cada día recibimos más casos de sujetos en estado de angustia, síntomas conversivos, ataques de pánico, toxicomanías y otros padeceres que responden a esta deficiencia simbólica.
El padre, como función, se nos presentaría entonces como un elemento estructural del cual partiría el establecimiento de una verdad ulterior para el sujeto que habla, se presentaría a la manera de un nudo y al respecto, Lacan puntúa lo siguiente:
«La propia figura del padre antiguo, en la medida en que la hemos evocado en nuestra imaginería, es una figura de rey. La figura del padre divino, a través de los textos bíblicos, plantea la cuestión de toda una investigación. ¿A partir de cuándo se convierte el Dios de los judíos en un padre? ¿A partir de cuándo en la historia? ¿A partir de cuándo en las elaboraciones proféticas? Todas estas cosas están repletas de cuestiones temáticas, históricas, exegéticas, tan profundas, que mencionarlas así no es ni siquiera plantearlas. Es mostrar, sencillamente, que es preciso que en algún momento la temática del padre, el ¿qué es un padre? de Freud, se haya estrechado singularmente para que haya adquirido para nosotros la oscura forma del nudo, no sólo mortal, sino asesino, bajo el que se fijó para nosotros en la forma del complejo de Edipo.» p. 320
Entonces, además de ser un referente estructural fundamental, la dimensión del padre es de sumo interés para el establecimiento de la transferencia simbólica y la orientación del analista respecto de esta en la dirección de la cura, su antecedencia en la constitución psíquica del sujeto estaría articulada al deseo y al don de amor. Al respecto, más adelante, profundizaré y discutiré más ampliamente lo referente al padre como objeto.
1.2 El padre jugado a los dados.
¿Qué ocurre con el padre de la tragedia claudeliana? La tragedia edípica, como estructura mítica, instala la deuda — junto con la ley — del asesinato del padre. En El pan duro, Lacan nos plantea que este padre, más que otra cosa, aparece como un elemento pasivo que termina en el lugar de la suerte, en el lugar de objeto, y, al consumarse la tragedia, al asesinar Louis a su padre, no solo se alcanza el status de la deuda, sino que se plantea un efecto paradójico donde el lugar del padre asesinado toma un carácter irrisorio que confina con lo abyecto.
«El padre al que se la juegan es, ciertamente, el tema fundamental de la comedia clásica, pero aquí hay que entender el juego en un sentido que va más allá del engaño y la irrisión – se lo juegan, por así decir, a los dados, es jugado, porque a fin de cuentas es un elemento pasivo en la partida, como se menciona expresamente en las réplicas con las que termina el diálogo de las dos mujeres.» p. 325
Es la dimensión imaginaria del padre execrable, cuyo empuje a su hijo, Louis de Coûfontaine — a quien mira como otro sí mismo, ergo como rival —, hacia el fracaso, le implicaría en la temática del deseo que presenta al amor ligado a la muerte, un amor que se consuma en lo extremo, convirtiéndose, ahora él, en otro Turelure, borrando la función simbólica del padre en la medida en que pierde la dirección de su deseo.
También aquí podríamos preguntarnos si, para Louis de Coûfontaine, quizás fue el hallazgo de algo del orden de lo reprimido primordial que alcanzó un estatus de pasaje al acto.
1.3 Cómo operaba Freud.
Como mencionábamos anteriormente, la figura del padre en la transferencia tiene un lugar fundamental, pues su función es consustancial a la instauración del deseo. Esto puede ser un gran orientador de la posición que el analista debe tomar en el dispositivo analítico. De entrada, este lugar no tiene nada que ver con la reducción o el rebajamiento del deseo, de sus buenas formas o prácticas, sino de su asunción ética en la medida en que su presencia subvierte al sujeto al grado de mostrarle su castración, su división por el efecto del significante. Al respecto, Lacan menciona lo siguiente:
«Remítanse, por favor, a su experiencia clínica. La madre enteramente dedicada a castrar al padre existe, pero no habría que hacer intervenir a la madre en cuanto castradora si no estuviera el padre – lo veamos o no-, si no hubiera alguno para castrar, si no se diera, al menos como una posibilidad, aunque sea ignorada o ausente, el mantenimiento de la dimensión del padre, del drama del padre, de aquella función del padre a cuyo alrededor ven ustedes que se agita en todo momento lo que nos interesa en la posición de la transferencia.» p.332
No es el lugar de la madre castradora, al nivel de otro, lo que nos ocupa entonces en el análisis, pues se correría el riesgo de quedar atrapado en la relación especular, sino el lugar del Otro (A) como lugar del deseo de donde la palabra saca su garantía.
1.4 El objeto del deseo es su instrumento.
Es entonces la castración lo que nos interesaría y orientaría en la operatoria del análisis debido a que esta es idéntica a la constitución del sujeto del deseo, debido a que, como señala Lacan:
«(…) es idéntica a aquel fenómeno por el que el objeto de su falta, la del deseo —porque el deseo es falta— es, en nuestra experiencia, idéntica al instrumento mismo del deseo, el falo.» p.332
Será entonces que, a partir de la falta, propia del objeto causa de deseo, que algo puede ser vehiculizado a nivel de lo simbólico, a nivel del deseo y este no se confunde con ningún objeto imaginario.
«El objeto de su falta, la del deseo – cualquiera que sea, e incluso en un plano distinto que el del plano genital -, para ser caracterizado como objeto del deseo y no como tal o cual necesidad frustrada, deberá ocupar el mismo lugar simbólico que ocupa el propio instrumento del deseo, el falo, es decir, ese instrumento en la medida en que es elevado a la función del significante.» p. 332
En la medida en que el analista ocupa el lugar del padre muerto, como lugar donde se articula la ley, lo que puede donar es precisamente la falta, como don de amor.
1.5 Bastan tres generaciones.
Lacan nos da una clave para localizar un rastro del deseo como una marca en la prehistoria de la subjetividad y nos remite a ese análisis que hace sobre los efectos percibidos en las tres generaciones que aparecen en los protagonistas de la obra de Claudel (Sygne, Louis y Pensée) para mostrar la marca del significante y también algo del orden de la letra y su función. Al respecto dice:
«La explosión a cuyo término se realiza la configuración del deseo se descompone en tres tiempos, y pueden ustedes verlo marcado en las generaciones.» p. 333
Se nos presenta entonces una pregunta: ¿cómo leer esto en la clínica?
Una vez un paciente, aquejado de un delirio de persecución que atribuye a una disforia de género, mencionó lo siguiente:
«Cuando mi papá era niño se ganó una beca para irse de intercambio a España con una familia, pero mi abuela no lo dejo ir, le dijo: no puedes ir, es otro país. No quería soltar a su hijo, era sobreprotectora con mi padre».
Al escucharlo lo relacioné con lo que nos plantea Lacan y leí la posición de mi paciente como resultado de la marca significante de un Otro que aparece como indomeñable, absoluto y ominoso; primero en la abuela y su deseo de la madre, después en su padre, quien reprueba completamente sus preferencias sexuales e identidad, para terminar la cadena en la posición padeciente de un discurso que lleva la significación cerrada del amor como una forma de sumisión, de una alienación al deseo del Otro como signo de obediencia, de lo que es ser un buen hijo.
Frente a esta cuestión ¿Cómo debería maniobrar el analista en la dirección de la cura?
Pasaré ahora al análisis de la clase del seminario IV para trabajar el lugar del analista y su función a partir de la castración.
2. Dora y la joven homosexual.
2.1 La insistencia simbólica de la transferencia.
Al inicio de la clase, Lacan construye una articulación entre la frustración — como falta que iniciaría el movimiento significante —, los tres tiempos de la subjetividad y la ley. Al respecto cita su artículo sobre la carta robada y menciona que:
«En esta dimensión esencial estriba el valor de mi texto, a saber, que es necesario introducir tres términos para que pueda empezar a articularse algo semejante a una ley. Los tres tiempos intersubjetivos son estos que estamos siguiendo para tratar de ver cómo se introduce el objeto en la cadena simbólica. Pues por el solo hecho de ponerse a nuestro alcance, bajo nuestra jurisdicción, necesariamente, dicho objeto ha de entrar en esta cadena». P. 134
Es decir que, para Lacan, la incorporación de estos tres elementos daría cuenta del plano de lo simbólico, del territorio de lo inconsciente. Toma como ejemplo el caso de la joven homosexual y hace una lectura simbólica de lo inconsciente con la que va a ubicar, a partir del esquema L, una estructura significante que localiza en los sueños de transferencia que remiten a la estructura del Edipo «tú eres mi mujer, tú eres mi amo, tú tendrás un hijo mío», lo que es representante de la transferencia. Lo inconsciente es el lugar donde el sujeto se plantea una pregunta por el deseo, esa pregunta lo remite a una estructura que permite distinguir diferentes registros y lugares de la palabra y la imagen, estos lugares revelan posiciones estructurales y al respecto señala Lacan:
«Es conveniente de todos modos observar que estos términos, sean cuales sean, imponen una estructura, es decir que, si cambiamos alguno de posición, deberíamos situar de otro modo, y no en cualquier parte, todos los demás, Tratemos de ver ahora qué significa esto. El análisis nos proporciona su significación». P. 135
El problema al que Freud se enfrentó en este punto fue que, al presentarse los sueños de transferencia, hace una lectura desde lo imaginario, cristalizando las posiciones y terminando con la relación analítica. Lacan extrae el tema del deseo preconsciente e inconsciente ubicándolos en el sueño para revelar las posiciones de la transferencia simbólica y plantea:
«Lo que se expresa en el sueño, ¿debe concebirse pura y simplemente en la perspectiva del engaño, es decir, de su intencionalización preconsciente?» P.137
y hace una corrección respecto hacia quién puedan estar dirigidos. Retoma el término Wiederholungszwang (repetición compulsiva) para hacer alusión entonces a algo del orden de la cadena significante que insiste y que Freud no logra leer en torno a la transferencia pero que va a ser clave respecto al método correcto de intervención sobre la misma. Al respecto señala:
«Cuando hablamos de transferencia, cuando algo adquiere su sentido al convertirse el analista en el lugar de la transferencia, es precisamente en la medida en que se trata de la articulación simbólica propiamente dicha, y ello, por supuesto, antes de que el sujeto la haya asumido, como puede verse aquí en lo que es un sueño de transferencia». P. 138
Esta clave de lectura le permitirá a Lacan hacer una comparación con el caso Dora y cómo ambos casos se corresponden, llegando así a dar cuenta de la fórmula Freudiana «la perversión es el negativo de la neurosis», hace un recorrido por los antecedentes ubicando principalmente el contraste con el caso anterior, lo que ya va arrojando ciertas posiciones con respecto a cada estructura.
2.2 Padre potente, padre impotente.
Si algo se vuelve evidente a partir de esta lectura simbólica, es el amor en su cualidad de don. Dora lo manifiesta en sus implicaciones inconscientes y Freud se lo señala con uno de los movimientos más importantes en la dialéctica freudiana:
«Esto que la subleva a usted como si de una disipación se tratara, ¿acaso no es algo en lo que usted misma ha participado?» P. 139
sin embargo, para Freud en este punto, es justo cuando el caso se complica llegando a finalizar el análisis. En las observaciones que Lacan hace al respecto, señala que en la rectificación subjetiva de Dora se encuentra implicado su verdadero objeto (a): la señora K., que Freud omite por no poder ir más allá de una lectura con el falo, es decir que, para poder ubicar su posición y su pregunta ante el deseo, Dora toma al padre y a la señora K., pues son ellos su referente inconsciente. En tanto que el padre es impotente, Dora intenta completar el cuadro inconsciente introduciendo al señor K., con quien Dora se identifica, siendo este justo el factor libidinal que complica la lectura de Freud; al respecto Lacan menciona:
«En otros términos, por medio del señor K., en la medida en que ella es el señor K., en el punto imaginario que constituye la personalidad del señor K., es como Dora está vinculada con el personaje de la señora K.» P. 141
2.3 El amor, la falta y el don.
La lectura de esta posición implica el amor al padre, detalle que va a ser imprescindible para ubicar el síntoma histérico como metafórico, al respecto dice Lacan:
«Dora es una histérica, es decir, alguien que ha alcanzado la crisis edípica y que, al mismo tiempo, ha podido y no ha podido franquearla. Hay una razón para ello – es que su padre, al revés que el padre de la homosexual, es impotente. Toda la observación descansa en la noción central de la impotencia del padre. He aquí pues una ocasión propicia para destacar, de una forma particularmente ejemplar, en qué puede consistir la función del padre en relación con la falta de objeto que hace entrar a la niña en el Edipo. ¿Cuál puede ser la función del padre como donador?» P. 141
Lacan hace énfasis en la función del padre como donador del signo de amor para articular el tema del objeto, demanda y deseo, al respecto señala:
«He aquí ahora al padre, que sirve para ser quien da simbólicamente ese objeto faltante. Aquí, en el caso de Dora, no lo da, porque no lo tiene. La carencia fálica del padre atraviesa toda la observación como una nota fundamental, constitutiva de la posición. Pero, también en este caso, ¿lo encontramos en un solo plano? ¿Toda la crisis se establecerá pura y simplemente en relación con esta falta? Observemos de qué se trata. ¿Qué es dar? ¿No hay acaso otra dimensión, introducida ahí donde la relación de objeto es elevada al grado simbólico por el hecho de que el objeto puede ser dado o no? En otros términos, lo que se da, ¿es alguna vez el objeto?» P. 142
2.4 Dora, entre pregunta e identificación.
Desde lo imaginario, Dora necesita al padre para responder su pregunta por el deseo, como objeto que sostiene la pregunta que responde por su sexualidad y que se mantienen en el fondo de la dialéctica inconsciente, en ese sentido podemos ver cómo se arma el fantasma, que es perverso y edípico y que responde a la forma en cómo el sujeto entra en el discurso amoroso, dice Lacan:
«Lo que interviene en la relación de amor, lo que se pide como signo de amor, es siempre algo que solo vale como signo y como ninguna otra cosa. O, por ir todavía más lejos, no hay mayor don posible, mayor signo de amor, que el don de lo que no se tiene. Pero nótese que la dimensión del don solo existe con la introducción de la ley. Como nos dice toda la meditación sociológica, el don es algo que circula, el don que uno hace es siempre el don que ha recibido. Pero cuando se trata del don entre dos sujetos, el ciclo de los dones tiene todavía un origen distinto, pues lo que establece la relación de amor es que el don se da, digámoslo así, por nada. (…) El principio del intercambio es nada por nada. Esta formula, como toda fórmula en la que interviene el ambiguo nada, parece la misma fórmula del interés, pero es también la fórmula de la gratuidad. En el don de amor, se da algo por nada, y sólo puede ser nada. Dicho de otra manera, lo que constituye el don es que un sujeto da algo de forma gratuita, pues tras lo que da está todo lo que le falta, el sujeto sacrifica más allá de lo que tiene. Lo mismo ocurre por otra parte en el don primitivo, tal como se ejerce efectivamente en el origen de los intercambios humanos bajo la forma del potlatch». P. 142
2.5 Metonimia perversa, metáfora neurótica.
Tanto Dora como Sidoine refieren un amor inconsciente al padre que Lacan ubica en diferentes implicaciones clínicas pero que no deja de pasar por la estructura del discurso y señala que:
«Esto está muy de acuerdo con lo que supone toda la teoría del objeto fálico, a saber, que el sujeto femenino sólo puede entrar en la dialéctica del orden simbólico por el don del falo». P. 143
por lo que ubica tanto en el fantasma de Dora, como en la perversión de la joven homosexual, una implicación libidinal que localiza en lo lingüístico; en el caso de Dora, el fantasma se sacude cuando el señor K. le dice: «Ich habe nichts an meiner frau» ubicando el objeto (a) en ese an. Para Sidoine las consecuencias de la fijación libidinal edípica aparecen en el momento del pasaje al acto, en la caída: Niederkommt, que Lacan ubica como último referente de la cadena metonímica, ahí ella da cuenta de la pérdida el objeto.
3. Comentarios finales.
Cierro con esta observación de Lacan que me parece fundamental como referencia al padre y al don de amor y que, para ambos casos, el de Dora y la joven homosexual, es un orientador de las consecuencias del desenlace de estos análisis pues en los dos se vive como algo que imposibilita al sujeto en el encuentro con su deseo:
«En otros términos, si ella misma no ha renunciado a algo, es decir, precisamente al falo paterno concebido como objeto de don, no puede concebir nada, subjetivamente hablando, que haya de recibir de otros, es decir de otro hombre. En la medida de su exclusión de la primera institución del don y de la ley en la relación directa del don de amor, solo puede vivir esta situación sintiéndose reducida pura y simplemente al estado de objeto». P. 146.
Para quien pretenda sostener la posición del analista, tomar en cuenta el lugar del padre como don de amor sería fundamental, pues la clínica psicoanalítica parte de alojar una demanda que en un principio pretende obtener algo del otro y, por otro lado, la cura, tiene que ver con una re dirección de las posiciones y los discursos amorosos para que esa demanda alcance el estatus de «nada por nada», intercambio por el cual Lacan dirá al principio del seminario VIII: «No estoy ahí, a fin de cuentas, para su bien, sino para que ame».
CDMX, 14 de octubre de 2026.
Bibliografía:
Lacan J. Seminario IV La relación de objeto (1956-57). Paidós.
Lacan J. Seminario VIII La transferencia (1960-61). Paidós.
