¿Qué lugar ocupa el analista?: La transferencia en las entrevistas preliminares.
Porque la transferencia no consiste únicamente en que el paciente sienta algo por el analista. Implica una determinada relación con el saber, con la palabra y con aquello que espera obtener de ese otro al que se dirige.
En las primeras entrevistas, el analista comienza a encontrarse con esa trama. Pero encontrarse con ella no significa que deba responder inmediatamente a las expectativas que recibe.
Por el contrario, parte de su trabajo consiste en interrogar qué sucede cuando alguien le supone un saber sobre aquello que lo hace sufrir.
El sujeto supuesto saber: ¿qué supone quien consulta?
En su enseñanza, Lacan sitúa el sujeto supuesto saber como una función fundamental de la transferencia. No se trata de que el analista posea efectivamente un conocimiento completo sobre el sujeto, sino de que se le supone un saber en relación con aquello que está en juego.
Esta distinción tiene consecuencias clínicas.
Quien consulta puede creer que el analista sabe por qué elige siempre el mismo tipo de pareja, por qué no consigue separarse de una situación que lo hace sufrir o por qué reacciona de una manera que después lamenta.
Puede esperar que el analista descifre aquello que para él permanece oscuro.
Pero también puede ocurrir que busque un saber de otra naturaleza: un saber que le permita confirmar una posición, justificar una decisión o conseguir que otro se haga responsable de ella.
No basta, entonces, con reconocer que el analista ha sido colocado en el lugar de quien sabe. Es necesario escuchar qué se espera obtener de ese saber.
Porque no es lo mismo que alguien se dirija al analista esperando encontrar una explicación que le permita interrogarse, que alguien le demande una respuesta definitiva que lo exima de toda pregunta.
En ambos casos puede haber una suposición de saber, pero los efectos de esa suposición en la dirección del tratamiento no son necesariamente los mismos.
Aquí aparece una cuestión decisiva: el analista no debe confundir el lugar desde el cual es convocado con el lugar desde el cual le corresponde operar.
Que alguien le suponga un saber no lo autoriza a responder como si conociera de antemano la verdad del sujeto.
Tampoco se trata de rechazar ese lugar, como si el analista debiera demostrar que no sabe.
La cuestión es otra: hacer posible que la suposición de saber ponga en movimiento un trabajo, en lugar de quedar fijada a la expectativa de recibir respuestas.
Una escena clínica: cuando el paciente pregunta qué debe hacer
Imaginemos una consulta.
Una mujer llega angustiada por una relación de pareja. Hace tiempo que piensa en separarse, pero cada vez que intenta hacerlo vuelve atrás. Habla extensamente de las actitudes de su pareja, de sus promesas incumplidas y de las discusiones que se repiten.
En determinado momento pregunta:
—¿Usted qué haría en mi lugar? ¿Me separaría?
La pregunta parece solicitar una opinión. El analista podría responder desde su experiencia, ofrecer argumentos a favor de la separación o recomendarle que se tome un tiempo para pensar.
Pero, si lo hiciera, ¿qué lugar estaría ocupando?
La pregunta no concierne solamente a la decisión que la paciente debe tomar. También plantea qué espera de aquel a quien se dirige: ¿busca un consejo?, ¿necesita que otro autorice una decisión que no puede asumir?, ¿intenta encontrar a alguien que se haga responsable de las consecuencias?
No podemos saberlo de antemano.
La intervención analítica no consiste en adivinar cuál de estas posibilidades es la correcta, sino en escuchar cómo esa demanda se articula con el decir de la paciente y qué puede abrirse a partir de ella.
Quizás una intervención permita interrogar por qué necesita que otro decida. Quizás sea necesario escuchar todavía muchas otras cosas antes de que esa pregunta adquiera algún valor. No hay una respuesta técnica que pueda anticipar el movimiento que conviene producir.
Lo importante es no confundir la demanda de una solución con la orientación del trabajo analítico.
La paciente llega preguntando qué debe hacer. El análisis no tiene como finalidad enseñarle a decidir correctamente. Puede permitirle, en cambio, comenzar a escuchar qué se juega para ella en esa dificultad para separarse, qué lugar ocupa en esa relación y qué se repite más allá de las circunstancias que denuncia.
El ejemplo permite ubicar una diferencia: el analista no necesita desentenderse de la demanda, pero tampoco está obligado a satisfacerla en los términos en que se presenta.
Escuchar una demanda no equivale a responder a ella de manera inmediata.
La transferencia y la posición del analista
Si la transferencia compromete el lugar que el analista ocupa para quien consulta, también obliga al analista a interrogar su propia posición.
No alcanza con conocer los conceptos. No alcanza con identificar una demanda, reconocer una suposición de saber o formular una hipótesis acerca de la estructura clínica.
Es necesario preguntarse qué hacemos con aquello que escuchamos.
Porque el analista puede quedar capturado en el lugar que se le ofrece. Puede sentirse convocado a demostrar que sabe, a tranquilizar, a proteger o a corregir. Puede experimentar la urgencia de producir una intervención que confirme su capacidad de escuchar.
Estas dificultades no se resuelven simplemente recordando que no hay que dar consejos o que el analista no debe ocupar el lugar del amo. La posición del analista no se sostiene mediante la aplicación de una lista de prohibiciones.
Se trata de poder escuchar también lo que ocurre en la relación transferencial, sin convertir inmediatamente las propias respuestas en una orientación para el paciente.
En este punto, la transferencia introduce una exigencia para la formación analítica: no solamente estudiar qué es la transferencia, sino interrogar cómo se presenta en cada encuentro y qué efectos producen nuestras intervenciones.
Esto resulta particularmente importante en las entrevistas preliminares, cuando todavía estamos intentando situar qué lleva a alguien a consultar, cómo se formula su demanda y qué condiciones pueden hacer posible el inicio de un análisis.
La dificultad no consiste únicamente en escuchar al paciente. Consiste también en no precipitarse a ocupar el lugar que parece resolver aquello que el paciente nos plantea.
