56. Sobre lo Real, lo ominoso

A través del registro de lo Real, Lacan intenta dar cuenta de lugares en la obra freudiana, como el ombligo del sueño o lo siniestro, que al no tener su equivalencia con la angustia, remiten a un más allá del principio del placer, al goce. Seguiremos el camino que traza Freud para diferenciar dos órdenes diferentes: la angustia y lo ominoso.

Transcripción

Hoy vamos a hablar sobre el registro de lo Real, es una de las tres categorías fundamentales para ordenar la práctica psicoanalítica: lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Estos registros creados por Lacan reubican conceptos de la obra freudiana.

La introducción de los tres registros por parte de Lacan, orientado por un retorno a Freud, es solidaria con una clínica y una teoría psicoanalítica del sujeto. Son registros muy distintos. Lo Real se opone a la realidad. Ya en el Seminario III aparece como aquello que vuelve al mismo lugar (las estrellas, los astros).

Ese real, que hagamos lo que hagamos vuelve, retorna, eso volverá a aparecer, a donde vayamos nos sigue. La aparición de lo real implica a la repetición como eso que vuelve siempre al mismo lugar. Le crea al sujeto la impresión de lo demoníaco (como lo plantea Freud en “Más allá del principio del placer”). En el Seminario II, Lacan nos trae que el yo cree guiar su destino, pero es más guiado que conductor.

Lacan intenta dar cuenta de lugares descuidados de la obra freudiana, como el ombligo del sueño o lo siniestro, donde no se ha planteado una articulación y su equivalencia con la angustia, con el más allá del principio del placer, con el núcleo del inconsciente, que remiten a un más allá de él.

Lo Real es el registro que Lacan nombra para dar cuenta de estos lugares. Hay una satisfacción que no se relaciona con la descarga de tensión por lo que no lo podemos pensar dentro del juego placer-displacer. Por el contrario, se trata de un aumento de tensión, un más allá del principio del placer, el goce.

Vamos al trabajo freudiano “Lo ominoso”, de 1919, con ideas también volcadas el año siguiente en “Más allá del principio del placer”. Freud quiere diferenciar algo ominoso dentro de lo angustioso. Para eso se remite a la literatura, y nos adentra en los cuentos de E. T. A. Hoffmann.

Primero nos acerca “El Hombre de la Arena” para plantear allí la cuestión del padre. La experiencia de dañarse los ojos, nos dice Freud, es algo espeluznante para los niños. En los sueños, en las fantasías y los mitos, la angustia por quedar ciego es con frecuencia un sustituto de la angustia de castración. Hace un nexo entre la amenaza de ser privado del miembro genital, lo que produce un sentimiento «intenso y oscuro», y cuando ese sentimiento «le presta su eco a la representación de perder otros órganos». Lee Freud en el cuento que la angustia por los ojos entra en relación con la muerte del padre. O sea que a falta del lugar del padre temido, traslada el temor al Hombre de Arena, de quien se espera la castración.

Luego Freud nombra el texto de Hoffmann “Los elixires del diablo” para resaltar el efecto ominoso de la novela. La presencia del “doble”, la aparición de personas idénticas entre sí, comunicaciones telepáticas, identificación con otra persona hasta el punto de perder la referencia sobre el propio yo o situar el yo ajeno en el lugar del propio, el permanente retorno de lo igual, la repetición de los mismos rasgos faciales y hasta de los nombres a lo largo de varias generaciones.

Nos plantea Freud que el carácter de lo ominoso se debe a que el doble es una formación de la épocas primordiales de la constitución del yo. Sitúa el fenómeno del doble como constitutivo, implicando una dimensión de lo ominoso que queda por fuera de la articulación del complejo de castración, ya que formará parte de la constitución del yo.

Se trata de la repetición de lo igual, o el retorno no deliberado de lo mismo, que vuelve ominoso algo inofensivo (un ejemplo de Freud: encontrarse de nuevo en la misma calle, luego de caminar un rato, intentar volver a alejarse y volver por tercera vez. Nos dice que se apoderó de él un sentimiento ominoso que sólo cedió cuando volvió a encontrar el sitio por donde había partido).

Freud en una nota a pie de página dice que la compulsión a la repetición depende de la naturaleza de las pulsiones que tienen suficiente poder para doblegar al principio del placer. 

Al año siguiente se va a referir a “Más allá del principio del placer”, donde presenta la pulsión de muerte como ese “más allá”, como más originaria que la serie placer-displacer de la pulsión de vida. Pasa luego por lo ominoso de quien se relaciona con muertos y cadáveres, lo ominoso de la epilepsia, de la locura. También se refiere a la clínica de los neuróticos para mostrarnos lo ominoso de algunos hombres frente a los genitales femeninos. Es el lugar donde se ha partido, el seno materno, lo más familiar.

¿Lo ominoso tiene alguna relación con lo reprimido primordial? Lo ominoso o lo siniestro es todo lo que debía haber quedado oculto, secreto (reprimido), que se ha manifestado. Se trata de lo que es familiar, íntimo, apacible que se torna extraño, inquietante, horroroso.

En la angustia, el núcleo no llega a manifestarse, encuentra un marco . Ese marco garantiza la protección frente a lo real, si el marco se desequilibra surge el riesgo del encuentro con eso que no se puede evitar. Es la irrupción de algo del orden del registro de lo real, de la pulsión de muerte, del goce.

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